Mi Superhéroe

Por César Carignano

Recordar es siempre un viaje, como soñar. Un viaje que tiene a mano la realidad, para volver de inmediato cuando uno quiera. Pocas veces uno repara en esa escapatoria cuando recuerda o sueña. Quizá porque ni lo piensa. Quizá porque no imagina el impacto que puede provocar ese viaje en el tiempo.

La fuerza del recuerdo también juega lo suyo. Podemos suponer que la emoción del hecho al que volvemos nos desbordará de alegría pero, ¿podemos imaginar que una imagen dolorosa pegué tan fuerte hoy como ayer? Confesión personal: no me había pasado nunca, hasta hoy. Jamás necesité regresar tan rápido a este lugar. Y eso que no fui actor de esa escena sino un simple y lejano espectador.

Es más, conocí la profundidad de la escena, su impacto y sus actores poco después. Conocí al actor principal con sus secuelas y a los secundarios con las suyas. Conocí a un tipo tan grande que decidió disfrazar con una sonrisa sus lágrimas de dolor e incertidumbre cuando se acercaba al club. Un ser único, que vistió su pena con su traje de normalidad para entrar con integridad al vestuario y alejarse del siempre complejo papel de víctima. Un arquero que ya no podía atajar pero que cuidaba a sus amigos para que no sufran por él lo que él mismo estaba sufriendo.

En Tucumán ascendió. Sí, ascendió, después de meses que parecieron siglos despojado de su función y de su hábitat. Ascendió porque sus amigos, mis amigos ahora también, siempre lo supieron parte y porque él eligió mostrarse entero –por quebrado que esté- para ser uno más y no uno menos.

Anduvo por los aires, esa noche tucumana, al son de decenas de voces coreando su nombre con una especie de melodía sanadora, en un acto de justicia terrenal. En esos aires, se lo vio incómodo pero trasmitiendo sensaciones de disfrute. Sin embargo, la imagen más fuerte de esa noche y de ese año que yo logre recordar, fue su llanto. Solitario, arrinconado y desconsolado. Despojado de su capa y su traje de superhéroe inconmovible. Llanto necesario para recrudecer, revivir y renacer, un poco al menos.

Tras ello hubo festejos en el Jardín de la República y en la Perla del Oeste. La sonrisa tenue y los segundos planos fueron, otra vez, las formas que eligió nuestro superhéroe para transitar la algarabía vestida de celeste y blanco. Nunca pesando, siempre acompañando.

Parece ayer pero fue hace mucho. Esa aplanadora llamada tiempo no da respiro, no frena jamás. Pero no solo pasa el tiempo, las cosas pasan también. En una década pasan centenares de cosas, de sentimientos, de frustraciones, de victorias. Pasan también escenarios, de vida, de trabajo, de familias.

Pero la esencia rara vez se modifica. Los matices, como los golpes, van moldeando la apariencia y la percepción de lo otro y de nosotros. Pero la esencia, no. La postura ante la adversidad, el instinto de superación sigue intacto. Quizá por ello, los reencuentros nos llevan tan fácil a lo que fuimos, porque nunca dejamos de serlo.

Quizá por ello hoy, detrás de sus lentes, de su sonrisa tenue y de su necesidad de no ser el centro de la escena, sigo encontrando en Gabriel Airaudo o el Gabi o el Gordo, al mismo superhéroe de hace una década. Ese que construyó una vida sin el superpoder de sus guantes pero que atesora otro mucho más poderoso: la fortaleza para levantarse, para no detenerse y para mostrarnos que la vida es más que un partido de fútbol… y que la felicidad puede conquistarse más allá de que el destino quiera apagarnos las luces.

Fue llanto y soledad en un rincón para soltar parte de lo que le quemaba el alma y nadie percibía.

Tal vez, por haber sido colectivo el dolor la carga se alivianó un poco. Tal vez, por no alejarse del todo, el protagonista sintió un poco suyo el objetivo cumplido por sus colores y sus amigos casi un año después.

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