Ariel Levrino, el guerrero de piel celeste y blanca

Ariel Levrino jugó 145 partidos en el profesionalismo con la casaca de Atlético, pero fueron muchísimos más en inferiores, en la Primera liguista y en los viejos torneos Regionales, en una historia futbolística que admite sólo la mirada orientada hacia barrio Alberdi. Un emblema albiceleste repasa su historia.

Por Fernando Laurenti (Para Rafaela Fútbol) – Habrá que imaginar por un instante. Suponer que aquella corriente inmigratoria de fines del siglo XIX que pobló Rafaela y sus alrededores, no existió nunca. Imaginar que nuestros ancestros italianos que llegaron al país, nunca se movieron de la región de Piemonte. Ambientarse en el noroeste del continente italiano, en el límite con Suiza y con Francia. Figurarse que en 1800 se están desarrollando las Guerras de Independencia contra Austria con el objetivo de constituir un Reino de Italia. Conjeturar que en el ejército piemontés, aquel que combatió a fines de 1700 con las fuerzas revolucionarias francesas, bien pudo haber estado el guerrero de la piel celeste y blanca. Porque aunque hoy Ariel Levrino no otorgue esa sensación de luchador (sino más bien brinda una imagen bonachona), los que lo conocieron en el campo de acción saben que sus características fueron beligerantes. No por la agresividad, pero sí por la actitud de ir al frente, cueste lo que cueste, sin medir riesgos. Todo un guerrero de origen piemontés.

Contribuyó a insertar a su amado Atlético en el profesionalismo. Y ya en la principal categoría de ascenso del fútbol argentino, disputó 145 «batallas» con la piel tatuada en celeste y blanco. Fue derrotado en varias oportunidades, pero gritó victoria en muchas otras ocasiones. Y si bien su función primordial en el «ejército» de barrio Alberdi era atrincherarse y esperar el ataque enemigo para defender con uñas y dientes el territorio propio, también se hizo un lugarcito para llegar hasta la base adversaria para convertir cuatro goles.

El primer grito fue en la temporada 1990/1991, el 27 de abril del ’91, en la goleada 4 a 0 en el Monumental ante Villa Dálmine. Y aunque no sirvió como para llegarle a Roberto Oste, de Defensa y Justicia, el máximo artillero con 24 tantos, el guerrero no olvidará aquel momento. Después, debió esperar hasta la 1993/94, la misma edición del campeonato en el que vio una tarjeta roja ¡a los 7 minutos! en un encuentro ante Chaco For Ever. El 3 de diciembre del ’93, otra vez en barrio Alberdi, contribuyó con Santoro para vencer 2 a 0 a Almirante Brown. Repitió en el Monumental, junto a Daniel Dalmasso, para el 2-0 ante Unión de Santa Fe el 13 de marzo de 1994. Y su racha goleadora finalizó en la fecha siguiente, en la histórica noche del 18 de marzo del ’94, cuando Atlético consiguió su victoria más abultada como visitante: 7 a 1 al Deportivo Morón, con cuatro de Víctor Grillo, uno de Mario Vera, otro de Leonardo Selenzo y el restante del guerrero, que con 3 tantos en la temporada hizo temblar a Dante Fernández, de Quilmes Athletic Club, el mejor de todos con 29 goles.

Del Villa Podio al Alberdi

Nació en Pilar, porque por razones laborales sus padres estaban instalados en la zona rural de Aurelia. Pero cuando aún no había cumplido los 2 años, la familia se radicó en Rafaela, en el barrio Villa Podio. «Tenía 9 años cuando nos vio jugar Cacho Borghesi en la plaza Martín Fierro y nos invitó a ir al club. Estábamos junto a los pibes del barrio y fuimos. Estaba Hernán Walter y Javier Machado, entre otros, y Atlético nos fichó enseguida», recuerda, añadiendo que «siempre jugué como marcador central porque me destacaba desde lo físico y porque en lo futbolístico no me sobraba nada como para intentar otra cosa (risas)».

«Tuvimos una muy buena categoría con la ’68 y salimos campeones casi siempre. Jugaban, entre otros, Adrián Borghesi, Gerardo Schanz, Carlitos Gómez Díaz, el Profe Juan Carlos Parola, Javier Porchietto, el Rafa Pautasso y Miguel Barco. Después de Novena, Octava y Séptima, llegó el momento de pegar el salto, de obviar las categorías más grandes del fútbol de los sábados para pasar directamente a Reserva. Y a alternar en Primera liguista, a los 16 años. «En la Reserva fuimos campeones en el ’85 con un equipazo: estaban el Turco Uheppe, el Negro Gnemmi, Ricardo Miretti, Sergio Chiarelli, Víctor Frengüelli y Marcelo Riberi. Después, en Primera debuté haciendo dupla central con el Gringo Mauri, con Volken como DT».

Mientras tanto, paralelamente al fútbol, el estudio. Aunque no se haya graduado en la Licenciatura en Organización Industrial que cursó íntegramente en la Facultad Regional Rafaela, una vez finalizada la escuela primaria en la Moreno llegó el turno de la secundaria en la ENET Nº 1 Guillermo Lehmann para obtener el título de Técnico Electromecánico.

El ascenso

Ariel rememora que «Atlético no venía bien, no eran buenos tiempos en lo futbolístico. Y el 9 tenía un equipazo, pero aquella final en la cancha de Quilmes quedó para nosotros en los penales y allí empezó a forjarse todo lo que derivó después en el ascenso. Fueron finales imborrables por lo que significaron desde lo deportivo, pero además porque involuntariamente le rompí la mandíbula al Flaco Riberi en el primer partido. Fui a verlo con Hugo Querini a Lehmann, había quedado muy mal por ese episodio. Ganamos 1-0 en el Monumental, perdimos 3-0 en el 9 y después de igualar 1-1 en Quilmes, nos impusimos a penales».

De aquel Regional ningún hincha de Atlético se olvida. Y Ariel, lógicamente, no es la excepción: «El Gare Gentile armó el equipo en la primera fase y después ya llegó Horacio Bongiovanni, que nos empezó a meter cuestiones tácticas, adquirimos otras mañas, sabíamos más cosas del rival y empezamos a trabajar jugadas con pelota parada. Tengo todo bien presente en la cabeza, uno no se olvida jamás de todo eso».

«Además de una conjunción perfecta entre cuerpo técnico y dirigentes, el equipo mostró el equilibrio justo entre juventud y experiencia. Estábamos el Chueco Riberi, Javier Berzero y yo, pero por otro lado tenías a Tito Fertonani, al Negro Poelman, a Marcelo Fuentes, a Marcelo López, al Pichi Bernasconi. A lo mejor no lucíamos, pero dejábamos la vida en la cancha», recapitula. Y se emociona, lo denota su tono de voz: «En lo personal, fue una experiencia única. Me apasionaba jugar junto a Hugo Querini: me ordenaba, me alentaba, me corregía y, además, me decía que en la primera pelota que caiga en el área, le cabecee la nuca al rival. Y después, cuando se me venía todo el equipo adversario encima, me bancaba como loco. Salía junto a Bernasconi y a Poelman a frenar a todos. Era un grupo excepcional».

Tanta admiración tiene Ariel por aquel equipo del ’89 que no duda que, si se enfrentara hipotéticamente con el subcampeón de la 95/96, le ganaría. «Eran todos ganadores, con una calidad enorme. Los dos fueron grandes planteles, pero yo no dudo: si se hubieran enfrentado, ganaba el del ’89», afirma, con la contundencia propia de haber vivido los dos procesos desde adentro.

El profesionalismo y la docencia

– Ya en el Nacional B, ¿por qué te costó ganarte un lugar?

– Porque el club empezó a traer muchos jugadores y se le daba prioridad a los que tenían más experiencia. Fue bueno, porque a Atlético le sirvió para hacer pie en el profesionalismo, pero a los chicos del club nos relegó.

– ¿Cambió mucho el nivel de exigencia?

– Ya Bongiovanni nos venía diciendo que la historia iba a cambiar, nos trataba de inculcar eso. Pero el cambio fue brusco: vinieron los muchachos de afuera y ¡hablaban de arreglar premios con los dirigentes! Para nosotros una cosa así era impensada, sólo pensábamos en la camiseta.

– ¿Cuándo te afirmaste?

– Alterné siempre la titularidad hasta que agarró Lechuga la dirección técnica. Allí me afirmé y fui partícipe de aquel subcampeonato del Estudiantes de Bossio, Llop, París, Prátola, Aguilar, Verón y Calderón, en la 1994/1995.

– ¿Por qué dijiste basta?

– En la 97/98, a los 29 años. Mi rendimiento físico ya no era el mismo y era una decisión que venía madurando, hasta que la dirigencia me ofreció trabajar con los chicos. Y no lo dudé.

– ¿Te sentís reconocido por la gente del club?

– No tengo palabras para agradecer lo de los hinchas. Siempre supieron entender la pasión que le puse a la camiseta y me lo hicieron saber, permanentemente. Si hasta crearon una Agrupación con mi nombre: yo no sabía nada y cuando salí a la cancha y vi una bandera con mi cara, no lo podía creer. Después, cuando me retiré, me hicieron un agasajo al que concurrieron 700 personas. ¿Qué más puedo pedir? Soy un eterno agradecido.

Los malos momentos

La peor lesión que tuvo que soportar fue, allá por el ’90, una patada de Luis Sosa, de Belgrano, que le rompió la nariz. El uruguayo ensayó una chilena y Ariel, como siempre, no midió el riesgo y metió la cabeza. Conclusión: quedó inconsciente y sufrió convulsiones, pero la rápida acción de Ricardo Pirola lo reanimó. Aunque la situación más dramática de su vida sucedió fuera de un campo de juego. Es que en febrero de 2005 el guerrero sufrió un accidente en moto que lo marginó un año del club, del trabajo. Estuvo a punto de perder un pie, pero su pasado como deportista le otorgó la fortaleza necesaria como para que los profesionales hagan el resto. Y esa circunstancia lo marcó. La recuerda y menciona que «lo que yo viví en aquel momento fue durísimo, pero a la vez reconfortante por cómo se comportó Atlético conmigo. Fue increíble lo que me brindaron, por lo que mi sentido de gratitud es eterno. No le puedo fallar al club en el resto de mi vida». Como si hiciera falta aclararlo, como si no hubiera quedado claro que tiene la piel tatuada en bicromía. Con el celeste y blanco en el alma.

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