«Cumplí el sueño de mi vida, jugar en la Primera de Atlético»

Gustavo Alfaro brindó hace un par de meses una extensa entrevista a la revista El Gráfico, de la cual rescatamos las partes donde se refiere a Atlético y a Rafaela. Como siempre, Lechuga y conceptos muy interesantes.

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– ¿Quién es Gustavo Alfaro?

-Un rafaelino soñador que es feliz. Cumplí mis sueños de formar una familia y de realizarme como profesional. Mi deseo era conseguir como entrenador lo que no había logrado como jugador: ser de Primera. Y lo alcancé desde el interior del interior, porque una cosa es Córdoba o Rosario, y otra muy distinta, Rafaela.

– ¿Quién te puso Lechuga?

– Ricardo Borgoño, un amigo de la infancia. A los 6 años jugando en el baby de Atlético de Rafaela, un día faltó el arquero y como el técnico me ponía en todos los puestos, me mandó al arco. Anduve bien y al final dijo: “¡Qué grande el arquero Lechuga”, porque tenía la cabeza como una planta de lechuga, llena de rulos, y quedó. De hecho, si hoy vas a Rafaela y preguntás por Gustavo Alfaro, te dicen: “¿Quién? ¿Lechuga?”. Ya está, es una parte de mi documento de identidad.

– ¿Eras de clase media?

– Sí. Mi viejo se fue de joven a Junín a trabajar en los ferrocarriles, ahí conoció a mi mamá, se casaron y nacieron mis dos hermanos mayores. Cuando nacionalizan los ferrocarriles, por el año 53 o 54, a mi viejo lo eligieron delegado, le ganó las elecciones internas al candidato del peronismo y por eso lo metieron preso. Y a mi mamá, que era maestra rural, la echaron del colegio. Mi mamá me contaba que a los presos los hacían desfilar por la ciudad, delante de toda la gente, y entre ellos estaba mi viejo. Ahí es cuando mi viejo decidió volverse a Rafaela. Se puso un taller para arreglar instrumental de velocímetros, luego un negocio de cables comandos y en esa época nacimos mi hermana y yo. O sea que hay una parte de la familia que es de Junín y la otra de Rafaela. Por culpa de Perón. Por eso mi viejo terminó siendo un acérrimo antiperonista.

– ¿Y tu mamá daba clases en el campo?

– Claro, era en las afueras de Junín. La llevaban en auto por la ruta hasta una pulpería y de ahí iba en carreta unos 8 kilómetros por camino de tierra. Estaban las tolderías y les daba clases a los indios, los tobas creo que eran. A fin de año, cuando yo iba a visitar a mis abuelos y tíos a Junín, nos dábamos unas vueltas por ahí. Sigue estando aún esa escuela.

– ¿A tus viejos los tenés todavía?

– No, fallecieron los dos. Mi vieja no llegó a verme de técnico, murió en 1988, en un accidente automovilístico en la ruta 34, yendo a Junín. Iba con mi papá, reventaron un neumático, el auto dio varias vueltas y terminó contra una alcantarilla. Lo curioso es que mi vieja terminó avisando quiénes eran y a quién tenían que llamar. Cuando llegué al hospital, pensé que el que estaba más grave era mi papá, porque mi vieja hablaba normal. Estuvo 17 días en terapia y se murió por un edema pulmonar. Me lo explicaron como el síndrome de la bolsa de papel: iba durmiendo, exhaló de golpe por el susto, se le inflaron de aire los pulmones y el impacto es como que explotó una bolsa de papel, colapsó todo.

– ¿Infancia con privaciones?

– No, una clase media normal, estudié en escuela pública, la educación que tuve fue fantástica y me marcó para toda la vida. En corrección, en respeto, en obligaciones y exigencias, en solidaridad, un montón de cosas que se inculcaban en tu casa y se respaldaban en el colegio. Se vivía una adolescencia distinta, más allá de que estábamos marcados por un momento muy duro del país, plena dictadura.

– ¿Tuviste que trabajar?

– Mi viejo me hacía laburar en las vacaciones en su negocio. Yo estudiaba en la escuela técnica así que me mandaba a los tornos, a la parte de electricidad… Y me pagaba, sí, para que pudiera salir los fines de semana, un modo de mostrarme que en la vida nada es gratis.

– ¿Eras muy futbolero de pibe?

– Mucho, demasiado. Cuando tendría 12 o 14 años los domingos era sagrado escuchar la transmisión de Muñoz y anotar todo. Me iba a la cocina o al patio, ponía la radio fuerte y mientras tanto jugaba a la pelota. Tenía un paraíso y le había puesto un palo para armar el arco y le pegaba contra la pared, y mientras escuchaba los relatos recreaba un poco esas jugadas, con mucha imaginación. Y después, de acuerdo al pip de las conexiones, porque en esa época se jugaban todos los partidos simultáneamente, trataba de adivinar qué equipo había metido un gol. Y al terminar la fecha anotaba los goles, las tablas de posiciones y demás mientras escuchaba los comentarios finales. Eso lo habré hecho entre los 12 y los 17 años ponele. Era un rito supremo. A la noche me iba a dormir con la pelota que me regalaba mi viejo para Navidad, con la camiseta también, y soñaba con los domingos de primera.

– De 1 a 10, ¿con cuánto te calificás como jugador?

– Yo era un buen jugador, técnicamente 6 puntos, pero me daba cuenta de un montón de cosas, era el técnico dentro de la cancha, manejaba la pelota parada, daba las órdenes, empujaba al equipo, hablaba con el árbitro, hablaba con mis compañeros, tenía liderazgo. Jugaba de 5, una especie de Chapu Braña. Lo bueno es que era consciente de mis limitaciones: sabía que mi virtud era robar y punto, entonces la robaba y la pasaba enseguida a dos metros.

– ¿Eras capitán aunque fueras de los más jóvenes?

– Atlético siempre fue un equipo grande de Rafaela que trajo jugadores de Colón, Unión y otros clubes y yo, como chico nacido en el club, sufrí esas postergaciones. Un día, con un grupo de pibes, tendríamos 17 o 18 años, encaramos a Aníbal Carlucci, el hombre fuerte de fútbol del club, para decirles que nos dé una oportunidad a los pibes del club, porque al final traían a un montón de jugadores y la cara la terminábamos poniendo siempre nosotros. Nos sacó carpiendo, pero esa experiencia me marcó. Ahí, en la Liga Rafaelina te hacías guapo en serio, no había opción.

– ¿Por qué?

Porque había ex jugadores y te mataban a trompadas. La jugada iba por una punta y en la otra te daban con todo, incluso había partidos en Reserva con un solo linesman, así que imaginate. Un día nos jugaron con alfileres de gancho y en los corners nos metían terribles chuzazos en la espalda. Le decíamos al árbitro: “Estos tienen agujas y los vamos a cagar a trompadas, será su responsabilidad si no se las saca”. Fue contra Ferrocarril del Estado, el árbitro era Dellacasa hijo y vio cómo uno enterraba una aguja en la tierra, la agarró y suspendió el partido.

– ¿En qué te marcó esa experiencia que me contabas antes?

– Ahí, sí, en valorar a los chicos del club, porque sufrí esas postergaciones, entonces ahora, como técnico, ante igualdad de condiciones, defiendo al jugador del club. Siempre el que viene de afuera parece que es el mejor y al pibe del club no se lo valora.

– ¿Nunca estuviste cerca de jugar en la A?

Sí, y no llegué por un sorteo, en la época de los Nacionales, en 1982. Tenía 19 años, llegamos a una final con Renato Cesarini: ganamos 1-0 en casa con un gol mío faltando 5 minutos, y en cancha de Central perdimos 1-0. No había alargue ni penales, fuimos a un sorteo en AFA y ganó Renato Cesarini, que fue a la zona de Vélez y Racing, entre otros. Eso fue lo más cerca que estuve de la A. Sí ascendí después al Nacional B: le ganamos la final a Ledesma. El Burrito Ortega fue alcanzapelotas cuando jugamos en Jujuy. Me enteré después.

– ¿Por qué te retiraste?

– Debuté a los 18 años en la Primera de Atlético de Rafaela, luego fui a estudiar a Santa Fe y mientras tanto hacía 3 veces por semana los 80 kilómetros hasta Rafaela para entrenarme. Era el capitán del equipo, jugábamos en la Liga Rafaelina y cuando conseguimos el ascenso al Nacional B le dije a mi viejo: “Dejame jugar al fútbol, que ingeniero puedo ser a los 40 años pero jugador de fútbol no, es el sueño de toda mi vida”. Me faltaron 10 materias para recibirme. Bueno, jugué 3 años a nivel profesional en el Nacional B y en un momento, con 28 años, dije: “Basta, hasta acá llegué”, y me retiré.

– ¿Por qué?

– Porque ya había cumplido el sueño de mi vida: jugar en la primera de Atlético. Tuvimos que jugar una reválida con 9 de julio, el rival de toda la vida, para mantener nuestro lugar en el Nacional B, la ganamos y ahí dije “basta”. Ya era grande, me había pasado el tiempo, y aparte en ese momento era muy difícil jugar en la A. La diferencia que había entre Primera y Nacional B era muy grande, todo lo contrario de hoy, que ves que planteles completos del Nacional B juegan tranquilamente en la A.

– ¿Te retiraste y retomaste el estudio?

– Lo intenté. Rendí 5 materias, pero me di cuenta de que había perdido la pasión por el estudio, porque había nacido en mí una nueva pasión, la del entrenador. Y me propuse lograr como entrenador lo que no había logrado como jugador: llegar a Primera.

– ¿Cómo se empieza desde el interior del interior?

– Me llamó Atlético para que le organizara las divisiones inferiores. Fui ayudante de campo de Roberto Rogel y de Carlos Biasutto, dos grandes tipos. En un momento se fue Biasutto por los resultados y en el interior se estilaba que el profe y el ayudante de campo fueran del club para abaratar costos, entonces me pusieron de interino. Estábamos en el Nacional B, año 1994, le ganamos 2-0 a Unión, 7-1 a Morón de visitante, y nos terminamos salvando del descenso. Me dieron la chance para el siguiente, mantuvimos el plantel, trajimos unos refuerzos y terminamos segundos del Estudiantes de Russo y Manera, que ascendió. Nos eliminó San Martín de Tucumán en el reducido.

– ¿El paso siguiente?

– Seguí una temporada más en Rafaela y luego fui a Quilmes, donde no pudimos ascender. Y de ahí a Olimpo a tratar de subir. Duré 22 días. De locos. Discutí con Jorge Ledo, el presidente, en la pretemporada en Mar del Plata y no llegué ni a debutar.

– ¿Qué pasó?

– Le había dicho a Ledo que no me iba a meter en el presupuesto, pero que el perfil de los refuerzos lo decidía yo. Si él me decía: “Me ofrecieron a tal jugador, ¿qué te parece?”, todo bien. Quería traer a un par de jugadores que había dirigido en Quilmes, pero Ledo se resistía. “Contraté otros tres jugadores”, me dijo. De esos 3 jugadores, uno había tenido un caso de doping positivo, otro no tenía buenos antecedentes por salidas nocturnas. Se lo planteé y me respondió: “Quedate tranquilo que esto lo manejo, a estos hay que permitirles que vayan al cabaret hasta el miércoles y listo”. Le respondí: “Esto no es serio, ¿cómo les digo yo después a los pibes que se rompan el alma mientras a los otros les permitimos que vayan al cabaret?”. Me planté: “Así no podemos trabajar, págueme los 20 días y tráigase al entrenador que quiera”. Y eso hizo.

– Empezaste joven como DT, ¿te costó darles indicaciones a tipos mayores que vos?

– Me costó dirigir a ex compañeros. Uno de los momentos más difíciles fue cuando en mi primer campeonato tuve que sacar a Carlos Goyén con toda su gloria. Le dije: “Mirá, Carlos, las trayectorias las respeto, pero cuando los rendimientos personales afectan al equipo y mi estabilidad de trabajo, ahí tengo que ser egoísta y pensar en mí, por eso te saco”. Se decía que se iba a retirar a fin de año y entonces le agregué: “Lo único que te puedo prometer es que antes de retirarte vas a volver a atajar”. Y atajó el último partido, contra el campeón Estudiantes. Les ganamos, fue la figura y la última bola la terminó bajando con una mano, como solía hacer. Todo eso le había dicho que iba a pasar. Al Gallego González también lo tuve que sacar en Quilmes.

– ¿Alguno se te enojó?

– No, porque siempre fui respetuoso de las formas, por eso no uso mensajeros. Si tengo que prescindir de un jugador, lo llamo y se lo comunico mirándolo a los ojos. Entonces el jugador podrá no coincidir y dirá: “este hijo de puta me limpió”, pero hará 100 metros y pensará: “por lo menos me vino de frente”. Lo primero que tenemos que aprender los entrenadores es a decir que no, porque si no terminás con planteles de 40 jugadores.

– Después del piedrazo en la cancha de Central, ¿entrás con miedo?

– No, no. Ese día me dieron con una piedra, pero cuando dirigía a Atlético, en la cancha de Central Córdoba, me tiraron con media cabeza de ladrillo. Ese día me contaron hasta 1000 y no me podía levantar (risas), pero al final seguí. Ibamos ganando 1-0 y así terminó.

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