A 25 años de la Reválida

Angustia, locura y pasión. Simplemente inolvidable

Por Oscar Martínez (Diario Castellanos)

“Escribí El Zahir partiendo de la palabra ´inolvidable´. Porque a mí me interesan mucho las palabras, como bien puede haberse dado cuenta… “ Jorge Luis Borges (1899- 1986)”.

Se habla de Atlético, claro. Y también de la Reválida. Ahora bien, ¿Por qué se elige este encuentro como uno de los dos más distintivos del club de barrio Alberdi junto con la victoria ante Colón en cancha de Central, cuando son determinantes aquellos otros que valieron los ascensos? Porque cuando se está en el borde del abismo, con la garganta oprimida por la angustia, la victoria se valora más que aquella que se logra cuando se golpea a las puertas de la gloria. Y, fundamentalmente, porque esos dos triunfos se consiguieron ante rivales con ribetes de clásicos, aunque muy distintos entre sí.

La Reválida, aquel engendro digno de una AFA que a principios de los noventa se mostraba tan delirante como ahora, puso a la Crema cara a cara con su clásico rival, cuando la antinomia con 9 de Julio aún le daba calor y color a la Liga. La carrera que ambos disputaron para ver quién llegaba a la elite del fútbol argentino se había decidido tiempo antes a favor de un Atlético que parecía estar en desventaja. El reglamento decía que los equipos que no estuvieran directamente afiliados a la entidad de calle Viamonte y se ubicaran detrás del décimo puesto en el torneo Nacional B, deberían revalidar su lugar en el certamen jugando un partido en condición de local ante el último campeón de su liga. Y este era justamente el 9.

Entonces se vivió el clásico más importante de la historia. Un encuentro que se jugó desde varios días antes de ese 8 de junio de 1992, con dos estados de ánimo absolutamente contrapuestos. La ansiedad y expectativa del equipo que podía lograr un ascenso de una manera casi impensada. Y el nerviosismo nacido del temor a perder un lugar en el Nacional B que Atlético había ganado en la cancha tras formar un equipo con aires místicos, que cada día que pasa juega mejor, y había realizado una campaña sensacional.

Esa angustia que sufría el hincha se trasladó a los jugadores, que habían esperado en Villa Carlos Paz, lejos de una ciudad que hervía. Tal vez por ello costó tanto ganar un partido que siempre fue favorable en el marcador gracias al gol de Puchetta cuando la pelota recién había comenzado a rodar. Aquel conjunto dirigido por Francisco Calabrese, un entrenador al que solo se lo recuerda por este logro, formaba con Tognarelli; Berzero, Levrino, Querini y Dalmasso; Alfaro, Martínez y Bernasconi; Vera; Puchetta y Grillo. Nunca antes el simpatizante cremoso, que tal vez en ese partido se recibió de hincha, sufrió tanto. Seguramente por esta razón el festejo se pareció a un enorme alivio. Y fue el comienzo de la muerte del clásico, que se fue apagando con el correr de los años, por la diferencia de torneos en los que una y otra institución juegan.

Alguna vez fue Sugus o Mu Mu, Billiken o Anteojito, Unitarios o Federales. Desde aquella primera antinomia entre Moreno o Saavedra, pasando por la civilización o barbarie, Ford o Chevrolet y terminando en River o Boca, los argentinos acumulamos una larga lista de opuestos. Nos gusta tomar partido desde la opinión y ubicarnos en una vereda que está al sol o a la sombra, nunca en el medio. No en vano el chiste asegura que si hay dos argentinos, ya hay una interna declarada. Y también Atlético tiene sus antinomias futbolísticas. Según Immanuel Kant, antinomia significa que hay dos posiciones contrapuestas sobre una misma cuestión, y que estas posiciones pueden sustentarse con fundamentos válidos de ambos lados. Es decir que cada opuesto tiene sus razones para justificar sus prevalencias sobre el otro. Por eso, mantener el lugar en la elite del fútbol, legítimamente ganado, después de vivir un tiempo al bode del abismo, justifica cualquier festejo. Pero si, además, esa victoria transforma en derrotado al rival clásico, marcando que teníamos razón en la antinomia, la alegría, como dice la publicidad, no tiene precio. Angustia, tristeza, locura, pasión, reválida son palabras que bien podrían interesarle a Borges, justo cuando nos acercamos a los treinta años de su muerte y a pesar de su desprecio por el fútbol. Pero esas palabras, para él y para nosotros, se asocian en una sola: inolvidable.

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