Chelo, el de siempre

Lejos del Trapito con el cual lo bautizaron en Buenos Aires, para los rafaelinos, Marcelo Barovero será siempre Chelo, el pibe que se formó en Atlético y hoy es el mejor arquero del país. En el día de su cumpleaños 32, repasamos una entrevista que mantuvo con la Revista El Gráfico y donde grafica como fueron sus comienzos en la Crema, donde atajó 115 partidos de manera consecutiva.

“Mi primer partido en el arco fue en Porteña Asociación Deportiva Cultural, que juega en la Liga Regional de San Francisco. Yo era muy chiquito, me llevó el hijo del panadero, quedó un lugar libre como arquero y terminé ahí”, explica Marcelo, el hijo del verdulero José y la ama de casa Esther. Porteña, que le debe su nombre a La Porteña, una estancia aislada en el precipicio del siglo XIX, se esparce en la cuenca lechera de Córdoba y Santa Fe, a 10 kilómetros de la frontera provincial, por lo que resultó natural que Barovero terminara bajo el ojo investigador de los caza talentos de los clubes rosarinos, ese Gran Hermano futbolero que todo lo mira.

-Tenía 11 años y me surgió una chance para ir a Newell’s, pero no quise: Rosario quedaba demasiado lejos. Después, a los 14, cuando un amigo, Nicolás Molinero, consiguió una prueba en Atlético Rafaela, acepté y viajé. Eran 80 kilómetros que, al comienzo, hacía dos veces por semana. Después ya me quedé a vivir en la pensión.

En 1999, Barovero se revolcaba en la Séptima de Atlético Rafaela cuando recibió uno de esos llamados que, de tan insólitos, parecen una broma. Las Inferiores del equipo santafesino todavía no se habían sumado a los torneos de la AFA –sólo participaban en las ligas regionales- y, sin que nadie pudiera siquiera sospecharlo, Marcelo fue citado para entrenarse con las selecciones argentinas juveniles en Ezeiza: el hallazgo de aquel arquero de 15 años en las profundidades de un club del Ascenso sólo se explica en el rastrillaje maníaco de José Pekerman y Hugo Tocalli por todas las canchas del país. Y aquel pibe tímido de Porteña tuvo que viajar a Buenos Aires, una experiencia que en soledad podría haber sido perturbadora, pero que resultó más sosegada en la compañía de Carlos Goyén, el uruguayo campeón del mundo del mundo con Independiente en 1984 que, por entonces, se había reciclado en entrenador de arqueros de Rafaela.

-Goyén vivía en la Capital algunos días de la semana, pero viernes y sábado volvía a Rafaela, donde nos enseñaba a nosotros, así que me fui con él en su auto para Buenos Aires. Nunca voy a olvidar ese día: fue el 1º de octubre de 1999.

Pero en la biografía de Barovero, Goyén es mucho más que el chofer de aquella travesía inicial: el mismo uruguayo con pasado de basquetbolista, un especialista en descolgar centros con veneno, fue su primer maestro del arco. En aquellos días de Rafaela, Goyén pedía que llovieran pelotas a traición en el área chica del joven Barovero. Fue como si la Universidad de Harvard abriera una licenciatura en juego aéreo para los arqueros. “Porque una vez que dominás tu área chica, ya tenés confianza en vos y podés salir al área grande con mucha confianza. Goyén me enseñó eso”, agradece.

Ya en Ezeiza, Barovero compartió el vestuario junto a Juan Pablo Carrizo, que por entonces no había llegado a River y todavía atajaba en un club de Empalme Villa Constitución; y Lucas Molina, la promesa de Independiente que moriría a los 20 años. Marcelo nunca llegó a jugar un partido oficial con la Selección pero, además del orgullo por haber pertenecido al VIP de la albiceleste, en Buenos Aires sumó al segundo gurú de su trayectoria: Ubaldo Matildo Fillol. Si Goyén fue un líder de las pelotas bombeadas, el Pato fue el gurú de los fusilamientos bajo los tres palos. La enseñanza de Barovero se completaría algunos años más tarde, aún en las Inferiores de Rafaela, cuando encontró a su tercer referente, esta vez un representante de la raza de los arqueros indómitos: Angel David Comizzo, que llegó al club cuando ascendió a Primera División, en 2003. La trinidad estaba completa: Fillol le enseñó los secretos del área chica; Goyén lo animó a descolgar centros en el área grande; y Comizzo lo convenció de que a veces es necesario ser valiente y salir más allá de los confines del arco.

Con 20 años, los lineamientos básicos ya estaban aprendidos. Y una vez que Rafaela descendió de la Primera A a la B Nacional, Barovero al fin debutó en Primera. Fue con un triunfo, 3-1 contra San Martín de San Juan, y en un día fetiche: un 1º de octubre de 2004, o sea cinco años después de su entrada a la Selección. Tal vez porque hasta entonces había esperado su turno detrás de la Araña Carlos Maciel, Ezequiel Medrán y Comizzo, aquel Barovero tenía pelo largo y vincha.

Marcelo se convirtió en un Sarmiento del arco: una pulseada ganada contra un profesional curtido -Rodrigo Burela-, 115 partidos consecutivos, tres temporadas como titular, una campaña colectiva granítica en Rafaela y un apellido individual que empezó a repiquetear en la Primera División de nuestro país y en los campeonatos emergentes de Europa. Algo grande se estaba gestando y tuvo una reunión personal con el técnico español Manuel Serra Ferrer, que quiso incorporarlo al AEK de Atenas. No llegó a un acuerdo económico, pero no lo lamentó tanto: su salto a la A ya se había convertido en una cuestión de tiempo, no de la suerte de su equipo. Y fue así como Rafaela perdió la Promoción 2005 contra Argentinos, pero el taquicárdico ascenso de Huracán contra Godoy Cruz en 2007 fue como propio: en la pretemporada siguiente, el técnico del club de Parque Patricios, Antonio Mohamed, pidió como arquero titular a Barovero. Las buenas habían llegado y, al pisar otra vez Buenos Aires, el destino le concedió otro guiño: fue a la inmobiliaria a retirar las llaves del departamento de Caballito en el que viviría y, de repente, se encontró con José Luis Chilavert. “Me saludó y me dio un par de consejos. Fue increíble, yo no supe qué decirle. Me puse tímido y casi no reaccioné”, se avergüenza. Todo eso se parecía al cielo, todo eso era lo que buscaba desde que se puso los guantes en la canchita de Porteña donde imitaba a Oscar Córdoba y al mismo paraguayo.

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